BUEN@S MADRES/PADRES VS MAL@S MADRES/PADRES.

 

 

 

Reconozcamos que somos unas pésimas madres lo que pasa que algunas lo ocultan mejor que otras.(LEIDO EN LA RED).Es una broma para comenzar este post.

 

 Cómo nos juzgamos en nuestro papel de padres y madres es mi pesadilla particular. Las etiquetas de «buen@s  madres/padres mal@s madres/padres» no nos ayudan porque se van a los extremos. Es imposible estar en perfecta armonía con nuestros hijos en todo momento, e incluso hay algunas buenas intenciones que pueden tener consecuencias negativas. Sin embargo, dado que nadie desea ser etiquetado como «mal padre» o «mala madre», cuando cometemos errores (algo que todos hacemos), fingimos no haberlos cometido porque deseamos evitar esa etiqueta. Debido en parte a la existencia de esas etiquetas de «buena madre», «mal padre», o viceversa, para evitar la humillación de que nos asignen el papel del malo, nos ponemos a la defensiva cada vez que nos equivocamos. Esto significa que no analizamos o no tenemos en cuenta los momentos en que no sintonizamos con nuestros hijos, o ignoramos sus necesidades emocionales. No sabemos cómo mejorar nuestras relaciones con ellos. También puede significar que ocultamos aquello que podríamos hacer mal detrás de lo que hacemos bien. De ese modo podemos identificarnos con una «buena» madre o con un «buen» padre. El miedo parental a afrontar aquello que podríamos estar haciendo mal tampoco ayuda a nuestros hijos.

 Los errores (fingir que los sentimientos de nuestros hijos no importan, o lo que quiera que hayamos hecho mal) importan mucho menos cuando cambiamos nuestra conducta y reparamos las rupturas. Sin embargo, no podremos arreglar nada si nos resulta demasiado vergonzoso admitir nuestros errores (y la etiqueta de «malo» intensifica esa vergüenza). Prescindamos del «bueno» y «malo» como atributos para madres y padres. Nadie es un santo ni un pecador en términos absolutos. 

 

Un padre gruñón y honesto (que normalmente se describiría como «malo») puede ser mejor padre que uno frustrado y resentido que se oculta tras una fachada de dulzura empalagosa. Es más, al igual que no deberíamos juzgarnos a nosotros mismos, deberíamos evitar juzgar a nuestros hijos.

 Resulta muy sencillo guardar algo en una caja, etiquetarlo y olvidarnos, pero no es bueno para nosotros y, sin duda, no es bueno para la persona que está en la caja. No sirve de nada etiquetar a un niño como bueno o malo, ni juzgarlo en ningún aspecto, porque resulta difícil desarrollarse con las limitaciones de una etiqueta: «el callado», «el torpe», «el escandaloso», etcétera. Los seres humanos cambiamos y crecemos continuamente, sobre todo los más pequeños. Es mucho mejor describir lo que ves y decir lo que valoras en lugar de juzgar. Di: «Me ha gustado cómo te concentrabas para hacer esas sumas» en lugar de «eres muy bueno en matemáticas». «Me impresiona lo mucho que te has esforzado para hacer este dibujo. 

Elogia el esfuerzo, describe lo que ves y sientes, y anima a tu hijo sin juzgarlo. Describir y encontrar algo específico que valoras resulta mucho más motivador que un juicio indeterminado del tipo «gran trabajo», e infinitamente más útil que la crítica. Si toda una página de redacción se acerca al caos absoluto, pero la letra P está perfecta, lo único que tienes que decir es: «Me gusta lo bien que has escrito esa pe». Con suerte, la próxima vez te gustará otra letra más. 

 

 

 

Ejercicio:  

No más juicios en lugar de juzgarte por lo que haces, observa y valora lo que haces bien. Nota la diferencia en cómo te hace sentir. Por ejemplo, en lugar de decir o pensar algo del tipo «hago un pan estupendo», prueba con «concentrarme en hacer pan da buenos resultados». En lugar de «el yoga se me da fatal», prueba con «he empezado a hacer yoga y he mejorado desde la semana pasada». Más que las palabras (no prohíbo totalmente el «bueno» y «malo»), se trata de prescindir de los juicios o de emitir conclusiones con delicadeza en vez de con rigidez. De ese modo, el daño para nosotros y para nuestros hijos será menor. 

  

 

 

He empezado este libro centrándome más en ti que en tu hijo porque lo que hace que un niño sea el único individuo que es (o qué será, si todavía no está con nosotros) es una mezcla inigualable de genes y entorno, y tú eres un elemento muy importante del entorno de tu hijo. Qué sentimos hacia nosotros mismos y cuánta responsabilidad asumimos por nuestras reacciones con nuestros hijos son aspectos fundamentales de la paternidad. Muchas veces, esos aspectos se pasan por alto porque resulta mucho más sencillo centrarse en los hijos y sus conductas que analizar cómo nos afectan y cómo les afectamos nosotros a ellos. Y lo que da forma a sus rasgos de personalidad y su carácter no es solo cómo reaccionamos ante ellos, sino también qué presencian y sienten nuestros hijos en su entorno. Espero haberte convencido para que analices cómo reaccionas a los sentimientos que tus hijos desencadenan en ti. Toma conciencia de cómo te hablas a ti mismo. Vigila a tu crítico interior. Y deja de juzgar tanto (a ti mismo, a tu papel como padre o madre y a tus hijos).

 

Perry, Philippa. El libro que ojalá tus padres hubieran leído (Spanish Edition) (p. 29). Grupo Planeta. Edición de Kindle.

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