El Impacto del Trauma en el Aprendizaje

 

 

ATENCIÓN Y APRENDIZAJE.

ESCUCHAR ES UN PROCESO ACTIVO QUE REQUIERE DISTRIBUIR LA ENERGÍA PARA CAPTAR, discriminar, identificar y comprender(Heyman, 2010). 

Escuchar y aprender exige atención: si estamos inconscientes, ausentes o disociados, o bien nos cerramos deliberadamente, no sabemos lo que ocurre porque nos sentimos desbordados. 

De hecho ,son muchos los niños maltratados a los que se les diagnostica problemas de atención y  lenguaje/aprendizaje, siendo muy probable que requieran un entorno educativo especializado.

LA RELACIÓN ENTRE TRAUMA Y ATENCIÓN ES COMPLEJA.

EN EL CASO DE ALGUNOS NIÑOS, LOS PROBLEMAS DE ATENCIÓN SE DEBEN A LA HIPERVIGILANCIA Y/o la disociación. 

Son incapaces de prestar atención porque se sienten muy ansiosos o están demasiado cerrados en sí mismos como para participar.

Las fluctuaciones postraumáticas en su manera de estar presentes les llevan en ocasiones, a recibir un diagnóstico erróneo de trastorno por déficit de atención con hiperactividad.

(Tuve un alumno que era incapaz de concentrarse en el aula, estaba pendiente del ruido del exterior si pasaba una sirena, o cualquier ruido que se produjera, estaba hipervigilante continuamente, sólo cuando pasó un tiempo y se dio cuenta que era un lugar seguro para él , empezó a ignorar el ruido exterior.)

Por su parte, hay otros niños que tienen predisposición a padecer déficits atencionales que el trauma no hace sino exacerbar. Los niños con déficit de atención tienen un alto riesgo de padecer maltrato y son vulnerables a sentirse desbordados incluso en ausencia de maltrato, debido al modo en que el déficit atencional los aboca a frecuentes fracasos, confusión y frustración.

Ya sea que la falta de atención del niño derive de un TDA/TDAH primario causado por un empeoramiento del déficit de atención ocurrido después de un trauma, o bien refleja un afrontamiento disociativo   postraumático, el niño que no presta una buena atención será incapaz de aprender al máximo de sus posibilidades.

En sí misma, la atención es un proceso complejo los diferentes niveles y tipos de atención se conectan con distintos aspectos de la conciencia y la percepción de estos factores para reforzar la atención y la participación. 

El interés se relaciona con la atención : el oyente interesado estará mejor posicionado para extraer significado y percibir los matices de cualquier interacción. De hecho, el procesamiento de la intención, la ambigüedad, el humor, el lenguaje simbólico y la metáfora requieren atención. Por su parte, la conexión emocional contribuye al interés. Es mucho más probable que una conversación con la que nos sintamos emocionalmente conectados mantenga nuestra conexión.

Tanto el interés como la conexión nos ayudan a adquirir y almacenar nueva información. Por eso es tan importante que nos mantengamos vinculados emocionalmente con nuestros alumnos para que puedan aprender, sin vínculo no hay aprendizaje(Traumaterapia y Aprendizaje).



Es por eso que las condiciones óptimas para el aprendizaje son aquellas en las que los estudiantes están interesados, activamente comprometidos y predispuestos a atender( Por ejemplo, cuando no tienen hambre ni están cansados o físicamente incómodos).

(en mis sesiones hacemos una paradita para el avituallamiento, unas galletitas, un zumito etc).

LA ATENCIÓN BAJO CONDICIONES DE ESTRÉS.

La participación confortable mejora la atención y el aprendizaje, pero la incomodidad y el estrés amortiguan el procesamiento y distraen el aprendizaje y la compresión. El estrés altera la calidad de nuestro foco a medida que el cuerpo reduce las  percepciones y la atención a aquello que nos asegura la supervivencia inmediata.

La sangre es bombeada hacia las extremidades, las pupilas se dilatan para recibir más luz, la adrenalina inunda el cuerpo y aumenta la agudeza auditiva, al tiempo que se suprime el procesamiento de la información lingüística, todo lo contrario del enfoque sosegado que se requiere para aprender algo nuevo.

Aunque uno puede aprender a reaccionar reflexivamente en condiciones de estrés ( como por ejemplo en el entrenamiento militar) el estrés reduce la asimilación para prestar atención es alta. 

TIENE SENTIDO QUE EL APRENDIZAJE pase a un segundo plano de la supervivencia: identificar un grito de alerta que justifique una respuesta inmediata es crucial en situaciones de peligro, pero el procesamiento de nuevos conceptos, explicaciones y puntos de vista no es una prioridad cuando se trata de mantenerse con vida. Los conceptos académicos o las definiciones de nuevas palabras no son lo más importante en nuestra mente cuando tratamos de escapar de una avalancha o correr más rápido que un tigre.

En esas circunstancias, es muy improbable que disfrutemos de un juego de palabras sobre el clima o una conferencia sobre el hábitat preferido de los tigres.

Si a los adultos con habilidades maduras de atención les resulta difícil escuchar y procesar bajo coacción, así como a los niños cuyas habilidades aún están en pleno desarrollo, imaginemos lo que será en niños que experimentan estrés crónico y que carecen de una base fisiológica para saber cómo es una atención y una escucha sosegada.

El maltrato no produce buenos oyentes, y los niños traumatizados suelen tener dificultades para prestar atención. Pueden escuchar de manera desigual: recordando partes de la instrucción pero no lo suficientemente bien como para tener éxito  y quizá no sepan diferenciar lo que es importante de lo que no lo es. Vivir en modo supervivencia( ya sea a causa del trauma persistente o de la activación postraumática) los torna incapaces de prestar suficiente atención al aprendizaje y a la asimilación de nueva información. Y es que están, por así decirlo, demasiado ocupados tratando de escapar de las avalanchas y los tigres.

AUNQUE , TANTO EN LA ESCUELA como en el hogar, se requiere que los niños traumatizados atiendan y escuchen, lo hacen con sistemas neuronales que tienen una disponibilidad inadecuada para que se produzca un aprendizaje efectivo. Y si el estrés persiste, su cerebro estará incluso menos dispuesto a  aprender.



Los niños bien atendidos y no traumatizados pasan la mayor parte de sus horas de vigilia sumidos en una curiosidad tranquila y orientada al aprendizaje.

Las áreas del cerebro implicadas en atender, escuchar, asimilar, procesar, integrar y recuperar información son muy útiles y se vuelven cada vez más eficientes con la práctica.

Sin embargo , no ocurre lo mismo con los niños que están menos predispuestos a aprender. Ya sea a causa de que son hipervigilantes o de que se cierran en sí mismos, los niños que no prestan una buena atención se  convierten en alumnos poco eficientes, siendo más difícil que aprovechen las dificultades de aprendizaje y requiriendo más repeticiones en más contextos para procesar y asociar la nueva información con las cosas que ya han aprendido, porque el estrés también afecta a las áreas cerebrales responsables de la organización de la memoria y la accesibilidad ( al sistema límbico y el hipocampo ).

Esto hace que el conocimiento sea menos accesible, y que los recordatorios del trauma se activen con mucha facilidad.

Los niños emocionalmente abrumados luchan por mantener la atención, haciendo gala de una escucha inconsistente y un aprendizaje irregular.


Escuchar: demasiado, muy poco, todo a la vez y nada en absoluto Escuchar va mucho más allá de detectar los sonidos u oír lo que se dice, puesto que requiere atender e integrar lo escuchado con elementos adicionales (por ejemplo, emocionales, visuales, sensoriales) que contribuyan a su procesamiento. Para escuchar bien, hay que centrarse en lo que se oye y retirar la atención de los ruidos de fondo, así como tener suficiente flexibilidad para cambiar rápidamente de foco (como, por ejemplo, atender a un orador y luego a otro).




Debido a que la escucha se ve afectada por el trauma, el trauma crónico puede incidir en el desarrollo de la capacidad auditiva. Los niños que son hipervigilantes no saben concentrarse en la voz del maestro, o en las palabras de su cuidador, porque tratan todo lo que les rodea como un peligro potencial. El mensaje queda sofocado porque el niño está absorto en todo tipo de ruidos ambientales –los pasos de otras personas, el sonido de su propia respiración, el zumbido del aire acondicionado–, o bien anticipa los sonidos que le producen miedo y que todavía no se han producido. Los niños traumatizados se muestran hipervigilantes en lo que parece ser un aula tranquila o un hogar seguro.(Tuve una vez un alumno que siempre estaba pendiente del ruido exterior, siempre diciendo hay unos niños fuera, hay una ambulancia, ha pasado un coche de la policía...esta preocupación no le dejaba concentrarse en la tarea).

Los niños que se cierran en sí mismos tampoco escuchan. Tal vez no se sientan seguros prestando atención porque temen oír cosas que desencadenan una acometida de impotencia y terror.

 

Incluso si les interesa lo que se dice, están demasiado abrumados como para correr riesgos. Pero, al bloquear su atención y cerrarse en sí mismos, desaprovechan la oportunidad de experimentar comodidad, curiosidad y diversión. Aunque algunos niños traumatizados utilizan la hipervigilancia o el adormecimiento como su principal estrategia para sobrellevar la situación, también son muchos los que oscilan entre prestar atención a todas las cosas, y sentirse desbordados, a cerrarse y aislarse. Si bien pueden escuchar de forma intermitente y captar fragmentos de información, su escucha no está orientada al aprendizaje,(sino a la supervivencia, no olvidemos que el cerebro siempre hace lo mejor para sobrevivir).

El niño que padece un trauma se concentra en el tono o las expresiones faciales de la maestra (para ver si, por ejemplo, está enojada) o en sus manos (por ejemplo, si han aprendido a desconfiar de las manos) y no capta el contenido de lo que se le dice. Su hipervigilancia se extiende a personas que nunca le han hecho daño. Los rostros, las manos y los tonos de voz son tal vez todo lo que conoce para prestar atención. Las dificultades para escuchar con precisión no solo tienen un precio académico, sino que también hacen que el niño tenga menos experiencia a la hora de atender y gestionar las interacciones interpersonales. Así pues, reducir la necesidad de disociación de los niños y aumentar su sensación interna de seguridad es fundamental para mejorar la escucha y facilitar el aprendizaje.

Es posible que los niños hipervigilantes deseen escuchar un cuento pero se sientan constantemente atraídos por la tos que se oye en otra habitación, el claxon de un coche lejano o la respiración de un compañero. Cuando estos niños también tienen un conocimiento limitado del lenguaje y del mundo, carecen del contexto y los conceptos adecuados para identificar y reconocer algunos sonidos como neutrales, permaneciendo expectantes ante el posible daño. La mejor narrativa y enseñanza no alcanzan al niño que está demasiado activado para escuchar, y exigirle que “preste atención” tampoco ayuda.

Lo único que cabe hacer es cobrar conciencia del impacto del estrés en la escucha y comprender e identificar la hipervigilancia (o el cerrarse en banda) para ayudar a los niños a controlarse y regularse mejor. Solo entonces les estaremos proporcionando una base para mejorar su atención.




Escuchar la información: cuando nada tiene sentido, ¿Cómo se puede entender algo? 

La escucha de los niños evoluciona a medida que contribuye a dar sentido al mundo circundante. Es posible que los niños maltratados no sepan que escuchar puede serles útil, y que los niños gravemente desatendidos no se den cuenta de que, cuando alguien les habla, les transmite información. Si el diálogo resulta “incomprensible”, como cuando los cuidadores hablan entre sí, sin que el niño sepa muy bien de lo que hablan, este no aprenderá que escuchar es útil (Miller, 2005).

 Por su parte, muchos niños maltratados aprenden que es mejor no escuchar.

Aprendemos a escuchar en nuestras primeras interacciones. Cuando respondemos a los sonidos y movimientos de un bebé, reforzamos que escuchar tiene sentido: nosotros hacemos algo y la otra persona lo capta y lo entiende. Enseñamos a escuchar cuando verbalizamos y aliviamos la incomodidad del bebé: nuestras palabras acompañan a la acción de cuidar al bebé y este las oye (Cozolino, 2006, 2014). Cuando las interacciones previas han enseñado al bebé que las palabras significan consuelo, se calma al decirle: “Vamos a casa a cambiarte el pañal”. Si el niño pequeño nos dice “mojado” y nosotros hacemos algo al respecto, aprende que las palabras son poderosas. La escucha se desarrolla mediante la experiencia de que alguien nos hable y nos escuche. Sin ella, los bebés no saben escuchar. Pueden oír y no responder. Pueden responder, pero no atender.



Muchos niños con traumas han tenido experiencias de escuchar y ser escuchados, pero también han experimentado realidades traumáticas a las que no querían prestar atención. Los padres abusivos rara vez escuchan la experiencia del niño cuando le hacen daño y suelen ignorar, minimizar o distorsionar dicha experiencia. También cabe la posibilidad de que los padres desbordados no se den cuenta de que el niño sufre, está molesto o aterrorizado. Entonces los niños internalizan que no son alguien a quien merezca la pena escuchar. Pueden aprender que son ellos los que han de escuchar todo el tiempo y que por mucho que escuchen no pueden prevenir el daño o explicar lo incomprensible. ¿Qué significa para un niño decirle “me has obligado a hacerlo” o “mira lo que has hecho” cuando no tiene ni idea de lo que ha hecho ni de cómo se relaciona con lo ocurrido? Si lo que ocurre no tiene sentido, ¿acaso importa escuchar? ¿Qué significado tiene para el niño decirle que está “contento” cuando, de hecho, está triste? ¿Qué quiere decir que le respondan “no” y se rían de él, lo ignoren o lo lastimen de cualquier modo? 

Si escuchar es algo que no le funciona, es posible que el niño deje de intentarlo y, cuando ya no escucha, pierde la oportunidad de aprender a atender y procesar la información. El procesamiento auditivo se refiere básicamente a lo que hacemos con lo que escuchamos. Un niño que no atiende o no retiene la información auditiva no será capaz de comprenderla bien ni de almacenarla eficazmente para recuperarla posteriormente. Sin embargo, damos por sentada la capacidad de procesamiento auditivo de los niños cada vez que les pedimos que obedezcan determinadas instrucciones, entiendan lo que les estamos contando o determinen de qué trata una pregunta, así como cada vez que esperamos que recuerden hechos, formulen opiniones o comprendan acertijos, inferencias y abstracciones. La disociación afecta a la escucha y al consiguiente procesamiento: no es posible implicarse y cerrarse simultáneamente. Incluso cuando los niños logran prestar atención, los recordatorios del trauma que provocan periodos de disociación dan lugar a instrucciones fragmentarias que luego no cuadran o carecen de sentido (Silberg, 2013; Wieland, 2011). 

Los niños entonces cometen errores y se sienten incomprendidos o se dan cuenta de que lo que han escuchado carece de sentido, sintiéndose estúpidos porque otros parecen entenderlo. Si se les reprende o se les dice que no se esfuerzan lo suficiente, los niños pueden decidir que escuchar no merece la pena, o bien que les hace sentir mal o les da miedo.

Este post esta basado en el libro "Comunicar el Trauma" .Capi 8 .de Na´ama Yahuda. Editorial Desclée De Brouwer.











Sin comentarios

Añadir un comentario