Necesidades de la Infancia Dañada.

 

No hay nada que pueda necesitar más un niño maltratado o traumatizado que una comunidad saludable que le permita amortiguar el dolor, la angustia y la pérdida causados por un trauma previo. Cualquier elemento que aumente el número y la calidad de las relaciones de un niño es lo que funciona de cara a la sanación; nada los ayuda más que los cuidados afectuosos, repetitivos, pacientes y constantes. Y aquí debería añadirse que lo que no funciona es la llegada apresurada, tras un acontecimiento traumático, de «profesionales» de la salud mental bienintencionados pero con escasa formación, o coaccionar a los niños para que se «abran» o «saquen toda su rabia». 

Sin embargo, porque los niños más vulnerables al trauma son precisamente aquellos con menores probabilidades de tener una familia y una comunidad saludables que los apoyen, resulta tremendamente difícil proporcionarles una ayuda efectiva a través de los sistemas que existen en la actualidad. Teniendo en cuenta que las comunidades saludables son a menudo lo primero que previene que se produzcan situaciones traumáticas interpersonales (como en casos de violencia doméstica u otros tipos de crímenes violentos), el habitual quiebre de la conexión social en la sociedad sumamente móvil en la que vivimos aumenta la vulnerabilidad de todos. 

 

Si queremos tener éxito a la hora de criar niños saludables, niños capaces de resistir las posibles experiencias traumáticas que se encuentren en la vida —y en torno al 40 por ciento de los niños vivirán al menos un episodio potencialmente traumático antes de convertirse en adultos—, necesitamos construir una sociedad más saludable. 

 

Para mantener a nuestros hijos a salvo, por tanto, necesitamos que establezcan relaciones saludables y que conecten con los demás; necesitamos abrazarlos. Debemos proteger las necesidades de los niños a base de fórmulas que respeten dichas necesidades, y esto se consigue fortaleciendo la comunidad, no separándola. Para protegerlos en la guardería, no debemos dejar que adultos solitarios los toquen sin ser vistos pero, al mismo tiempo, no debemos prohibir el afecto físico y el confort. Para crear un vecindario seguro, lo primero que tenemos que hacer es conocer a nuestros vecinos. 

 ¿Qué más podemos hacer para proteger a los niños del trauma, la desatención y los malos tratos? ¿Y cómo podemos ayudar mejor a los que resultan lastimados? En primer lugar, necesitamos reconocer que las políticas y prácticas actuales no dan prioridad a las relaciones y que los sistemas vigentes de ayuda infantil no funcionan. Debemos reconocer que muchas de las «soluciones» de las que actualmente disponemos para los problemas sociales no los abordan con eficacia y a la larga pueden llegar a exacerbarlos. 

 

 Debemos educar a la gente en las necesidades de los bebés y crear maneras mejores de abordarlas. Necesitamos una sociedad versada en bebés y niños, en la que todo el mundo que tenga o trabaje con niños sepa qué debe esperar de ellos. Por ejemplo, un niño que no llore en absoluto, como en el caso de Connor, debe ser un motivo de preocupación tan grande como si llorara demasiado. Tomar mayor conciencia de las conductas apropiadas a cada edad aseguran que, en caso necesario, los niños recibirán ayuda lo antes posible. 

  

Perry, Bruce; Szalavitz, Maia. El chico a quien criaron como perro: Y otras historias del cuaderno de un psiquiatra infantil (Spanish Edition) (p. 313). CAPITÁN SWING LIBROS. Edición de Kindle. 

  

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